SOBRE MÍ

Puedo ayudarte a pintar para ser feliz y te quiero contar cómo.


Soy muchas cosas, pero por dentro siempre he sido una pintora de sueños. Antes de pintar con pinceles tenía un cuaderno donde escribía “imágenes”. Así llamaba a ese flujo interior de sensaciones que necesitaba narrar para no explotar en mil pedazos. Cuando empecé a pintar descubrí que sobre un lienzo es mucho más fácil combatir contra las brumas de la vida y salir ganando. Pero también entendí que las palabras eran necesarias, porque cuando logras nombrar algo, decides su existencia.
Para enseñar pintura a los niños y niñas de mi vida he escrito infinidad de cuentos, inventando paisajes insólitos y personajes descabellados que habitan tierras lejanas, engalanadas de memorias antiguas, en las que reina lo bueno y lo bello. Sé que solo así, nombrando lo imposible y aprendiendo a transformar la armonía en imágenes pintadas, conseguirán crear una versión mejorada de nuestro mundo.


Por eso, para decir algo sobre mí, he tenido que escribir un cuento.



Erase una vez una restauradora de frescos que pasaba su tiempo encaramada a un andamio.
Un día se cansó de arreglar los estropicios que el tiempo dejaba sobre las obras de arte de los demás y decidió apostar por la vida.
Bajó del andamio y tuvo una hija que la llevó de la mano por caminos llenos de canciones, poesías y colores, muchos colores. Gracias a ella convino que también apostaría por una vida llena de pintura.
Hasta que su hija llegó al colegio y el camino se llenó de grises tropezones.
Era aquel un lugar extraño en el que las letras no emitían melodías y se apretujaban tristes en folios maltratados por pequeñas manitas inexpertas. Era un ambiente realmente extraño, en el que los colores vivían encerrados en jaulas de formas sin sentido cuyos nombres había que memorizar si no querías meterte en líos. Repetían incansables: esto es un árbol verde, un sol amarillo y una nube blanca.
Pero la mamá y su niña no se dieron cuenta enseguida de que en ese colegio nadie entendía de colores y como abrían todas las jaulas para liberarlos, se metieron en unos cuantos líos.

–No importa dijo la mamá –tú ve al cole y haz lo que te dicen, que luego en casa seguiremos aprendiendo juntas.
Se divertían tanto que decidieron llamar a una hermanita para que bajara del cielo a jugar con ellas. Llegó una niña tan linda que te daban ganas de pintar corazones por todos lados. Gracias a ella entendieron que la música puede ser escandalosa, que los colores muy chillones y que las poesías podían vivir su elegancia enredadas entre un par de guantes blancos de seda.
Entonces llegó su turno, la hermanita fue a ese mismo colegio. Como ya estaban prevenidas, al principio los tropezones parecían de goma espuma y no dolían demasiado, pero un buen día, agazapados tras un recodo del camino aparecieron dos brujas malas y un brujo desgarbado.
Se instalaron en el cole con cuidado de que no se notase demasiado su presencia. No sabían de armonía y sus gritos seguían retumbando en las almas de las niñas durante mucho tiempo después de las horas de cole, manchando las tardes de luz entre colores de una turbia tonalidad, parecida a la desesperanza. Eran tan malos que llenaban las mochilas de las niñas con tareas que pesaban como piedras y los deberes del cole fueron llenando todos los rincones del disfrute. Las letras y los números se volvieron de plomo; con las letras de plomo no salen poesías, con los números de plomo el canto de las esferas se vuelve sordo.
Cuando las mochilas entraban por la puerta, hasta los colores que viajaban libres por la casa se encerraban solos en sus jaulas. La mamá se dio cuenta de que su hogar se estaba llenando de árboles verdes, de soles amarillos y de nubes blancas.
Ya no lo pudo soportar, un día se inventó un cuento que hablaba de un mundo teñido de gris y de una niña intrépida, que decidida consiguió colorear un planeta entero. Luego puso a sus niñas delante de un cartón gris y les explicó que ese era su mundo.
–Cada persona es responsable de un cachito de universo –les dijo –y tiene el deber de transformarlo en una preciosa obra de arte.
Con solemnidad, les repartió pinceles y colores para luego pedirles que iluminasen ese trocito de planeta que les correspondía.
Las niñas se sintieron poderosas, magas prodigiosas al son de la creación.
Por suerte, o quizás por arte de la magia provocada por las niñas, el brujo malo se volvió a las tierras del sur.
A las brujas, sin embargo, hubo que combatirlas. Los ojos de las brujas son de hielo y si los miras fijamente te puedes quedar congelada, pero hay un arma contra la cual ellas no consiguen lidiar, no toleran el amor. El amor es luz y en la luz viven todos los colores.
La mamá fue a visitar a las brujas y después de mirarlas un buen rato a los gélidos ojos, les esparció con su cálido aliento todos los colores del arco iris, cubriéndolas de arriba abajo hasta que se retorcieron de rabia. Las saludó con educación y salió de ese extraño lugar en el que las brujas proliferan despreocupadas repartiendo jaulas entre los padres y madres que nada saben de colores. La mamá y sus hijas no volvieron a ver a esas brujas, ganaron la batalla y salieron a tropezones por aquel camino pedregoso en busca de un cole de verdad.
Acabaron encontrando un lugar en el que la vida se entiende a fuerza de difuminar colores, donde las pinceladas se visten con velos transparentes y donde las tonalidades se abrazan para construir armonías que bailan al ritmo de cada alma. Finamente encontraron un colegio de verdad, tan lleno de amor, que si alguna bruja despistada lograba cruzar la verja, caía al instante fulminada por la luz intensa del cariño que aquel lugar emanaba.
Pero la mamá no podía dejar de pensar en todos esos niños y niñas que crecían convencidos de que el mundo se puede dibujar sin manchar, celebrar sin cantar o estudiar sin bailar entre versos.
Un buen día decidió sacar su cuento a la calle, decidió repartir unos cuántos cartones grises a grupos de niños y niñas y poner a disposición pinceles y colores. Mientras coloreaban sus trocitos de mundo los improvisados artistas eran felices, sonreían y a veces se podía ver como la escarcha que cubría sus cuerpecitos a causa de las miradas de bruja, se iba derritiendo.

Entonces, la mamá se instaló junto a sus colores más fieles en una alta torre, donde finalmente pudo acoger a todos los niños y niñas que quisieran aprender a abrir jaulas, derretir plomo o bailar entre poesías de colores.
Algunas personas curiosas de lo que sucedía en esa antigua torre, a pesar de haber dejado atrás la infancia también expresaron su deseo de vivir un poco de magia. La mamá entendió que el mundo está lleno de niños y niñas sin edad a los que nunca se les había permitido cruzar el arco iris.
Sin demasiada ceremonia, empapeló las paredes y lanzó una invitación inocente con la clara intención de abrir barrotes para inventar nuevas melodías.
Multitud de niños y grandes acudieron con regocijo a la cita. Sin mucho preámbulo se vieron envueltos en un juego sin tiempo. La magia de la torre fue desdibujando los gestos más tímidos, hasta que sin saber cómo, el pudor se apagó y las paredes se llenaron de chorreones, de corazones rojos y de estridentes tonalidades, que victoriosas, transformaban en versos la alegría.
Entre ese barullo alguien dijo a la mamá: Cuéntame cómo pintar.

Y la mamá así lo hizo.

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